—Serían las once, poco más o menos.
—Entonces, permítame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy siempre en la cama.
—¡Oh, hasta las dos!—exclamaron varios.
—Eso ya es una exageración, Fuentes—dijo la marquesa de Alcudia.
—Pero es una exageración aristocrática, marquesa. ¿Quién se levanta primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de cocina. Un poco más tarde encontrará usted a los horteras abriendo las tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallará usted gente más distinguida, oficiales del ejército, estudiantes, empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los banqueros, algunos propietarios; pero sólo después de las dos de la tarde podrá usted ver en la calle a los ministros, a los directores generales, a los títulos de Castilla, a los grandes literatos….
Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la pereza y se creían en el caso de reir y decirse unos a otros por lo bajo:
—¡Este Fuentes! ¡oh! ¡este Fuentes tiene la gracia de Dios!
Y alguno, por el placer de oirle nada más, le llevaba la contraria.
—Pero hombre, ¿habrá nada más agradable que levantarse por la mañana a respirar el aire puro y bañarse con la luz del sol?
—Prefiero bañarme en agua tibia con una botellita de Kananga.