—Entonces, ¿cómo se suicida Sélika en La Africana acostándose a la sombra de ese árbol?

—Eso es una patraña, una invensión de los poeta ¿sabe? Será una cosa bonita, pero no tiene nada de verdá.

La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su poética creencia; arguyó que tal vez los manzanillos de la India fuesen distintos de los del Brasil.

Hablóse de las producciones de Méjico.

—¿Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas,
Ballesteros?—preguntó Clementina.

—¡Oh, señora; eso es una exagerasión! A lo sumo que llegará mi rebaño es a tresientas mil.

—Si fuesen mías—dijo Fuentes—, construiría un estanque mayor que el del Retiro, lo llenaría de leche y navegaría por él.

—Nosotro no utilisamo la leche, señor, ni la manteca tampoco. La carne alguna vese la convertimo en tasaho ¿sabe? y la esportamo. Mas por lo regulá sólo sacamo partido de las piele ¿sabe? Los cuerno también los vendemo para la fabricación de los objeto de asta.

—¡Que te quemas! ¡que te quemas!—exclamó Pepe Castro por lo bajo.

Pero no tanto que no lo oyese Jiménez Arbós, que estaba del otro lado de Pepa Frías, y no le acometiese un acceso de risa que procuró con todas sus fuerzas sofocar.