—Anda, barbiana, alárgame ese frasquito de mostaza—dijo Pepa Frías dirigiéndose a Clementina para disimular también la risa que le había acometido.

—Bajbiana, bajbiana…. ¿Qué es que bajbiana?—preguntó, la baronesa de
Rag a Osorio en su afán de aprender pronto el español.

Este se apresuró a explicárselo como pudo.

Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jiménez Arbós. Solían ser algunas frases rápidas que probaban la inteligencia en que estaban y al mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversación con Pepe Castro, que tenía a su izquierda, era más animada.

—¿Por qué no aconseja usted a Arbós que coma más carne?—le preguntaba el lechuguino al oído.

—¿Para qué?

—Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen.

—¡Ya!—exclamó la viuda con entonación irónica—. Mire usted por sí y deje a los demás arreglar sus cuentas como Dios les dé a entender.

—Ya ve usted que procuro nutrirme.

—Sí, pero que vaya un poco también al cerebro, porque el día menos pensado se cae usted en la calle de tonto.