—¿Se ha ofendido usted?—preguntó riendo el elegante como si hubiese dicho la cosa más descabellada del mundo.
—No, hombre, no: es que lo creo así. No entiendo cómo Clementina puede sufrir semejante narciso.
—¡Chis, chis! ¡Prudencia, Pepa, prudencia!—exclamó Castro con susto, levantando los ojos hacia su querida.
—¿Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted una sola mirada hasta ahora.
Castro, que hacía días estaba un poco despechado por la frialdad de su dueño, sonrió forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no le pasó inadvertido este gesto.
—Mire usted qué cara tan nublada tiene en este momento Osorio. ¡Inspira horror! Y toda la culpa la tiene usted, pícaro.
—¡Yo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen tan amarillo. Me han dicho que está arruinado o muy próximo a arruinarse.
Pepa se estremeció visiblemente.
—¿Qué dice usted? ¿Por dónde ha sabido usted eso?
—Pues me lo han dicho ya varios.