—¿Cómo no has ido esta mañana?
Clementina detuvo el paso, le miró con sonrisa protectora.
—¿Esta mañana?… No sé.
—¿Cómo no sabes?—dijo frunciendo su augusta frente el real mozo.
—No sé; no sé—y dió un paso para alejarse sin dejar de sonreír con leve matiz de burla.
—¿Y mañana irás?
—Veremos—respondió alejándose.
Castro sintió aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se mordió el labio inferior y murmuró:—¿Coqueteamos, eh? ¡Ya me la pagarás, hermosa!
En el salón había ya algunas personas, entre ellas Ramón Maldonado y la hija de Pepa Frías con su marido. En otro saloncito contiguo estaban preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego a jugar. Otros esperaron a que llegasen los compañeros de costumbre. No tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llegó D. Julián Calderón con Mariana y Esperancita, Cobo Ramírez con León Guzmán y otros tres o cuatro pollastres, el general Pallarés, los marqueses de Veneros y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y hombres de negocios.
Uno de los últimos en llegar fué el duque de Requena, a quien se hizo la misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entró jadeando, fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna le había hecho adquirir. Hablaba poco, reía menos; emitía sus opiniones con rudeza y se dejaba adorar del corro de señoras que le rodeaba. Tenía las mejillas más amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jiménez Arbós señalándole: