—Ahí tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre de los sábados.
Se le invitó a jugar al tresillo como siempre; pero rehusó. Había visto a dos banqueros a quienes quería pescar para su negocio de la mina de Riosa. Además le convenía hacer la corte a Jiménez Arbós algunos momentos. Ya había conseguido que la mina saliese a subasta con todos sus accesorios de montes y pertenencias. En la Gaceta se había insertado el anuncio. La compañía para comprarla estaba ya formada. Pero entre los socios había desavenencia. Unos pretendían comprarla al contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querían aprovechar los diez plazos que el Gobierno concedía. La diferencia en la tasación de una a otra forma, era enorme.
El duque se acercó a Biggs, el representante de una casa inglesa que entraba con parte muy considerable en la compañía y que capitaneaba el partido de la compra a plazos. Le echó familiarmente el brazo sobre el hombro y le llevó al hueco de un balcón, diciéndole con rudeza:
—¿Conque ustedes empeñados en que nos arruinemos?
Y comenzó a tratar el asunto con una franqueza que desconcertó al inglés. Este respondía a las salidas brutales del duque con razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benévolamente. El duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomática.
—Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo adquirirlo, ¿sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me veré obligado a cortar por lo sano, separándome del negocio.
—Señor duque, yo no tengo culpa—respondía Biggs con marcado acento inglés—. He recibido instrucciones.
—Las instrucciones son dadas según los consejos de un zorro viejo que hay en Madrid.
—¡Oh, duque!—exclamó Biggs riendo,—no hay sorro vieco, no.
Y la discusión continuó sin que el banquero español pudiese obtener nada del inglés, pero dejándole bastante preocupado.