Pepa Frías, vivamente agitada, hablaba aparte con Jiménez Arbós, después de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponían con medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y, aunque en las últimas liquidaciones de Bolsa había experimentado pérdidas fuertes, no creían que eran lo bastante para producir una quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos señores operaba sobre diferencias como Osorio. Este se había enviciado. A pesar de las advertencias de sus amigos y compañeros, no podía vencer aquella pasión del juego, que tarde o temprano había de conducirle a la ruina. Pepa le observaba disimuladamente, y con la penetración maravillosa de las mujeres adivinaba debajo de su exterior frío, tranquilo, mucha mar de fondo. Mientras Arbós procuraba tranquilizarla con frase correcta, atildada (ni aun hablando a su querida prescindía de las formas oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistía en dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus fondos de la quema, si es que la había, anclando a su propio dote. Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su amiga, serenóse un poco. Arbós tuvo ocasión una vez más, viendo acudir la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes persuasivas con que la providencia de Dios le había favorecido.

Pepa tuvo ánimos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina, Pinedo y Arbós. Al cruzar el salón grande vió sentados en un rincón a su hija y a su yerno en la actitud de dos tórtolas enamoradas. Acercóse a ellos. Como no había logrado barrer de su espíritu la preocupación, hablóles con cierta aspereza.

—¡Ayer os mandábais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para despegaros! Por lo visto, hijos, tomáis el matrimonio a turno impar…. Vamos, vamos, separaos que no está bien aparecer tan sobones delante de gente.

Emilio se sintió herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero ésta pasó de largo, entrando en la sala de tresillo. Así y todo quedó murmurando pestes, diciendo que él no había aguantado jamás ancas de nadie y que menos las aguantaría ahora de su suegra, con otra porción de frases igualmente enérgicas que derramaron la tristeza por el rostro de Irenita. Y hubieran concluído por hacerla llorar, si él, volviendo en su acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y amoroso, rogándole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla de menta que su linda mujercita tenía en la boca. Con esto volvieron a arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de Osorio.

Un grupo de cinco o seis niñas, entre las cuales estaba Esperancita, hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramírez y nuestro inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Difícil es exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas debían de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la algazara que producían. Sin embargo, aplicando el oído, se observaba pronto que los gestos de las niñas, aquel levantar de ojos, aquel agitar la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no correspondían exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decía un pollo verbigracia:

—Manolita; ayer la he visto a usted en San José confesando con el padre
Ortega.

La interesada reía con gozo extremado.

—¡No es verdad, Paco; no me ha visto usted!

Decía otro:

—Pilar, ¿dónde compra usted esos abanicos tan monísimos?