—Quítese de ahí, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pájaro.
Fuentes se acercó para despedirse.
—¿No toma chocolate?—le preguntó Clementina dándole la mano.
—¿Cómo quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de descerrajar un soneto a quema ropa?
—¿Mariscal?
—El mismo. En el comedor y a traición.
Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que hacía sonetos a la Virgen y odas a las duquesas.
—Pero ya me he vengado como un marroquí—siguió.—Le he presentado al conde de Cotorraso que le está dando una conferencia sobre los aceites. Miren ustedes qué cara de sufrimiento tiene el pobre.
Los tresillistas volvieron la cabeza. Allá en un rincón estaban, en efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenía cogido por la solapa según su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro contraído, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir como un hombre a quien conducen a la cárcel.
—Arbós, ¿no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos?