Para no destruir el efecto de la frase se marchó bruscamente. Todas las noches recorría dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y sus ingeniosidades.
Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo Ramírez cogió una mesilla japonesa, la llevó a un rincón, sentóse frente a ella y se apercibió a engullir.
Pepa Frías echó una mirada en torno, y viendo al general Patiño acercarse, le dijo:
—General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Dáselas tú a
Pepe, Clementina; vamos un poco al salón.
El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al salón grande: mas antes de llegar a él, dijo Pepa:
—Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio.
Clementina la miró con sorpresa.
—¿Quieres que vayamos al comedor?
—No; mejor es que subamos a tu cuarto.
Volvió a mirarla con más sorpresa aún, y, alzando los hombros, dijo: