—Como quieras. ¡Cosa grave debe de ser!

Mientras subían la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el boudoir, le dijo Pepa cogiéndola por las muñecas y mirándola fijamente:

—Vamos a ver, Clementina, ¿tú sabes cómo andan los negocios de tu marido?

Fué un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precisión, tenía noticias de las pérdidas de Osorio, de su creciente y febril afán de jugar. El mismo, en una explicación que con ella tuvo, la había amedrentado para arrancarle la firma. Además le veía cada día más delgado y más sombrío. Pero aunque se preocupaba un instante de estas cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la memoria. Nunca se le pasó por la imaginación que tales pérdidas pudiesen afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentación, ni aun a sus caprichos. La conducta de Osorio, que nada le había dicho de restringir los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano permanecía vivo allá en el fondo. No había más que hostigarle como hizo Pepa, para que royese lindamente.

—¿Los negocios de mi marido?—dijo balbuciendo, como si no entendiese—. Yo nunca me entero … ni le pregunto.

—Pues me han dicho que ha tenido grandes pérdidas en estos últimos tiempos….

—Allá él—exclamó la dama reponiéndose y alzando los hombros con supremo desdén.

—Es que a ti también te puede chamuscar el pelo, hija mía. ¿Tienes asegurada tu dote?

—No sé lo que es eso…. ¿No te he dicho que no entiendo de negocios?

—Pues en este asunto debieras procurar enterarte.