Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera.
—Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tía—dijo Castro apresurándose a entrar.
Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les esperaban tres señoras y dos caballeros. Antes de subir dió las disposiciones necesarias para la cena que había encargado. En el gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcántara, Manolito Dávalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con fueras y silbidos. Todos cinco venían del Real: hacía muy cerca de media hora que esperaban.
—¡Que poca vergüenza tienes, hijo!—dijo la Amparo con el hermoso entrecejo fruncido—. Y menos aún los que toman en serio tus convites.
—Chica, me figuré que saldrías más tarde del Real.
—¡Eso! Dí que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes tener cierta disculpa.
Amparo solía llamar en broma su hijastra a Clementina.
—¡Qué hijastra, ni qué madrastra!—exclamó el lechuguino con gesto de mal humor—. ¡Si pensarás que hay mujer que me retenga a mí cuando no quiero!
El despecho, incubado toda la noche, rompía ahora con fuerza la cáscara.
—¡Olé mi niño! Así hablan los hombres—exclamó la Nati, una chulilla de Lavapiés que descubría el paño, no sólo en la conversación, sino también en el peinado, en los andares, en todo.