Y acercándose con decisión a Socorro, le dió un beso sonoro en la mejilla.

—Besémonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpáticos les dé un ataque de nervios.

La Socorro le pagó el beso con otro más tímido, manifestándose reservada y circunspecta.

—Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida—dijo sentándose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardía.

Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, que, cuando Rafael fué a coger la silla, quemaba.

—¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha dejado Amparo la silla.

Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.

—¡Cómo tendrá esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo—dijo Castro avanzando hacia ella.

—¡Eh, niño, alto! que yo soy de mírame y no me toques…. Bueno, si queréis tocad la espalda—añadió generosamente.

Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.