Esta se encaró furiosa con León.

—¡Ja, ja!… Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a hacer daño la cena.

La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa.

—Que se besen—volvió a decir el coro.

—Oíd, preciosos, ¿nos habéis traído para reiros de nosotras o a darnos de cenar?—dijo la Amparo cada vez más irritada.

Castro trató de calmarla.

—No hay motivo para enfadarse, Amparito. León, lo mismo que yo y todos los demás, desearíamos que los que nos sentemos a cenar fuésemos buenos amigos. Si hay algún resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como presumimos, no ha sido por cosa grave.

—¡Que se besen!—gritaron con más fuerza los comensales.

No hubo más remedio. Castro y Alcántara se apoderaron de la Amparo, Ramón y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendía con energía. Al cabo concluyó por reirse.

—¡Pero esto es estúpido! ¿Qué mosca os ha picado?