—¡Tú también!—exclamó con afectado espanto—.¡Cielos! ¿Dónde me meteré que no me presenten cuentas?

Y se dejó llevar, fingiendo susto, a un rincón por su querida, que le preguntó en voz baja:

—Dí, babieca, ¿por qué no me has dicho que era Amparo de la partida?
¿No sabes que estamos políticas hace ya días?

—¡Bah! ¡bah!—exclamó alzando la voz y apartándose—. En cuanto tengáis unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis, desde la calle.

-Socorro quedó acortada mordiéndose los labios. Temía que Amparo hubiese advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les había echado una mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugó el entrecejo: "¡Anda, anda! ¡A buena parte iban con recaditos! ¡Como la picasen un poco era capaz de agarrar por el moño a aquella pánfila y batirla contra la pared!"

La Socorro era una rubia linfática, de tez nacarada y ojos claros, un poco romántica y un mucho susceptible. Se decía hija de un comandante y se agarraba el derecho de despreciar a sus compañeras nacidas del seno de la plebe. Era más instruída que ellas porque leía todos los folletines que le venían a las manos: cuidaba de no decir palabras feas: no solía emplear tampoco locuciones flamencas. Tenía alguna más edad que la Amparo y la Nati.

—A la mesa, a la mesa—dijo Alcántara—. Estas óperas alemanas me excitan un hambre de lobo.

Levantáronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras Castro hacía sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los detuvo con un gesto.

—Caballeros, hay aquí dos princesas que han reñido por cuestiones diplomáticas que no nos incumben. ¿Opinan ustedes que se den un beso antes que nos sentemos?

—Que se lo den: que se lo den—exclamaron los tres hombres y Nati, mirando a la Socorro y Amparo.