Amparo le miró fijamente con aire de desafío.
—¿Y por qué, rico mío?
—Porque las mujeres como tú no pueden hablar de ciertas cosas sin profanarlas—dijo temblando de cólera el concejal.
—¡Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavó tiene calor—dijo con risa sarcástica; y enfureciéndose de pronto:—¡Mira, niño, no me vengas con infundios! Tú eres un mamarrachillo y ella un saco de pus. ¿Lo oyes bien?
La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas palabras. Todo su cuerpo se estremeció de furor. No se sabe qué acto bárbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga del frac, diciéndole:
—Déjala, hombre. ¿No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza?
Castro tenía del otro lado a la Nati. Sin saber por qué razón, pues nunca le había sido muy simpática, le dió toda la noche por servirla y requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a Alcántara que estaba del otro lado:
—Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati.
Y se lo dió sin aguardar respuesta.
Rafael no hizo maldito el caso. Poco después volvió a decir: