—¿Permites, Rafael?
Y ¡zas! le encajó otro beso. La bromita le pareció tan bien, que no se pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba deliciosa; se reía, presentando la mejilla a los labios del hermoso salvaje. Rafael, al principio, también la encontró graciosa y respondía gravemente a la pregunta de su amigo:
—Lo tienes. Pene, lo tienes.
Pero al cabo fué pareciéndole pesada, y entre bromas y veras concluyó por decirle:
—Basta, Pepe; no abuses del físico.
A los postres, el mozo les dijo que un señorito que cenaba en un gabinete próximo con una señora, bebía una copa de champagne a su salud.
—¿Quién es ese señorito? ¿Le conoces?
El mozo sonrió discretamente.
—Me ha prohibido decir su nombre.
—¿Es un amigo?