—Sí, señor conde: es un amigo.

—Pues allá voy—dijo León.

Y salió de la estancia. A los pocos instantes volvió a entrar con Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovación. Rafael se adelantó con la copa en la mano y cantó:

—Murió Alvarito,
Dios le tenga en gloria;
Bebamas una copa a su memoria.

Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se había batido por la tarde.
Pepe Castro le abrazó.

—Ya sabíamos que habías salido bien. ¿Has pinchado al coronel?

—Sí, en un brazo.

—¿Cómo fué eso?

—Verás tú….

Y le contó los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar. El coronel se había levantado los pantalones al llegar al jardín y se había remangado la camisa como un carnicero. Atacó furiosamente; pero se fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del corazón. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le había tirado con decisión una estocada al pecho amagándole antes un tajo a la cabeza. No tuvo tiempo más que a poner delante el brazo izquierdo, que quedó atravesado.