Salabert entró resoplando como de costumbre. A este resuello debía, quizá, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Sólo un hombre con cien millones de pesetas de capital se podía autorizar tanto resoplido y escupitajo. El oficial se turbó un poco a su vista. El banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este predominio.
—¿De qué se trata, eh? Disputas de chicas…. Algunos golpes…. Nada entre dos platos…. Esto se arregla en dos segundos…. Tú, chiquita, a la cama…. Mañana le darás un beso; la regalarás un brazalete…. Todo arreglado, todo arreglado—comenzó a gruñir con el desenfado del que está en su casa.
El oficial apenas tuvo valor para murmurar:
—Señor duque, tendría mucho gusto en complacerle … pero mi obligación….
—A ver, ¿dónde está Perico? ¿Anda por ahí Perico?—preguntó con el mismo despotismo.
—El señor Gobernador se ha retirado ya—manifestó el oficial.
—Pues el secretario…. ¿Dónde está el secretario?… A ver, el secretario.
Condujéronle a su despacho y se encerró con él. Al cabo de unos minutos salió con las mejillas un poco más amoratadas. El secretario le despidió a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acercó y le preguntó:
—¿Está arreglando el asunto?
—Por ahora, sí—respondió mordiendo el sempiterno cigarro.