—Pues quiero irme en tu coche—dijo, bajando la voz.

La fisonomía del banquero se oscureció.

—Demasiado sabes que no puede ser.

—¿Que no puede ser?… Ahora verás…. Dame el brazo…. En marcha.

Y cogiéndose con fuerza de su brazo le empujó hacia la escalera seguido de Nati y Rafael entre las miradas atónitas del oficial, del inspector y de los tres o cuatro empleados que allí había a tales horas.

Una vez en la calle, la hermosa tirana ofreció su coche a Nati y Rafael, y se metió sin vacilar en el del duque, que la siguió taciturno pero sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron así que se vió a solas con su querido. Las palabras más soeces del repertorio de los cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateó, juró, rechinó los dientes, profirió mil estúpidas amenazas. Por último, cogiendo al banquero por la solapa de su gabán de pieles, le dijo atropellándose por la ira:

—Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedarán a escape cesantes.

—Veremos, veremos—respondió el duque, inquieto y confuso.

—Ya está visto. Hasta que me traigas su cesantía no te presentes en mi casa, porque no te recibo.

IX