#Los amores de Raimundo.#
La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvía de un modo tan pueril como grato para ella. Después de aquella inoportuna vuelta de cabeza, que tanto la había avergonzado, se guardó bien, durante algunos días, de mirar hacia atrás, aunque el saludo que enviaba a Raimundo fuese cada vez más expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle mejor nombre, pues no lo merecía) fué echando, no obstante, tanta raíz en su imaginación, que concluyó por volverse otra vez; al día siguiente también; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven clavados sobre ella. Por fin, un día se volvió desde la esquina y le hizo un nuevo saludo con la mano.
"Vamos, he perdido la vergüenza", murmuró después poniéndose colorada. Y tan verdad era, que desde entonces no pasó otra vez sin hacer lo mismo.
Pero aquella situación, aunque graciosa y original, iba pareciéndole pesada. Su temperamento fogoso no le permitía gozar jamás con tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afán un más allá, a precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcázar que su fantasía había levantado. En esta ocasión, sin embargo, tenía mejores motivos que otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los lindes de lo ridículo. A solas consigo misma solía confesárselo.
"La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandrán."
Mas, aunque todos los días se proponía dar un corte a aquella aventura no saliendo más a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin levantar la mirada o, a todo más, dirigiéndole un saludo frío, es lo cierto que no tenía fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito. Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adiós desde la esquina. Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las claras señales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto humillantes de su simpatía hacia él, no se apartase de la obediencia, no la siguiese jamás ni buscase ocasión de encontrarse con ella en el paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecía que aquel señor tomaba con demasiada afición el papel contrario. Pensando en esto, algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante de él le veía tan risueño, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que el negro fantasma de la soberbia se desvanecía y entraban de nuevo en su pecho a torrentes la simpatía y el caprichoso deseo de amar y ser amada de aquel niño.
¿En qué pararía todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacía lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabía duda. Al ver paralizado su deseo por causas que no podía definir claramente, crecía y se transformaba poco a poco en áspero apetito. Una tarde en que el desencanto y la amargura habían invadido su pecho en que iba pensando seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por completo aquella ridícula aventura, al pasar por debajo del mirador después de haber saludado al joven, sintió caer sobre ella un puñado de flores deshechas. Levantó la vista y le envió una afectuosa sonrisa de reconocimiento. Aquella lluvia refrescó su alma, reanimó su desmayado capricho. Entonces se puso a buscar con afán un medio de acercarse nuevamente a Raimundo. Pensó en escribirle pidiéndole perdón de su visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Después imaginó que acaso entre sus amigos, particularmente entre los periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podía enviar un recado de atención. Lo desechó como peligroso. Hasta se le pasó por la cabeza hacerle seña para que bajase y darle una explicación de palabra; pero tampoco osó hacerlo. Era demasiado humillante.
La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia. Raimundo, que transcurrido el año de luto solía ir de vez en cuando, estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente a ellos. Se saludaron cariñosamente, y durante largo rato hubo entre el joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamó extremadamente la atención de Aurelia.
—¿Pero, qué es esto? ¿Has vuelto a hablar con esa señora?
—No.