—Entonces, ¿qué significa tanta sonrisa? Parecéis amigos íntimos.
—No sé—replicó el joven algo confuso—. Se manifiesta muy afectuosa conmigo. Quizá suponga que me ha ofendido cuando fué a casa y quiera desagraviarme.
En el primer entreacto Aurelia recibió un hermoso ramo de camelias que le trajo una florista.
—De parte de aquella señora que está en el palco número once.
La niña alzó los ojos y vió a Clementina que la miraba risueña. Los dos hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy colorada.
—¿No te parece—le dijo su hermano—que debo subir a dar las gracias a esa señora?
Era natural. Raimundo, cuando bajó el telón por segunda vez, la dejó por unos instantes sola y subió al palco de la dama. Una sonrisa feliz iluminó el semblante de ésta al ver al joven en la puerta. Le recibió como a un antiguo amigo; le mandó sentarse a su lado; entabló con él plática reservada, dejando en completo abandono a su obligada compañera Pascuala. Por fortuna para ésta no tardó en llegar Bonifacio, que no tomaba jamás butaca cuando sabía que la familia de Osorio tenía palco en algún teatro.
—Veo con satisfacción que no me guarda usted rencor—le dijo en voz baja dirigiéndole una larga mirada insinuante—. Hace usted bien. Eso prueba que tiene usted corazón y talento. Le confieso con toda ingenuidad que me equivoqué de medio a medio en la apreciación de su conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando salí de su casa de buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdón…. Si no de palabra, con los ojos y el gesto debió usted comprender que se lo he pedido después muchas veces….
Todavía le dió otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero maestro, con los cuales arregló la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le dejó inmóvil, confuso, fascinado, como ella le quería, en suma. Al mismo tiempo explicó con habilidad aquellas manifestaciones de simpatía un poco extrañas cuyo recuerdo la avergonzaba.
Sin dejarle tiempo a reponerse le preguntó con interés por su hermanita, por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero ella no se desconcertaba. Seguía cada vez más cariñosa envolviéndole en una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando más embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su juvenil adorador, he aquí que aparece en el pasillo de las butacas Pepe Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas, finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramó primero su mirada fascinadora, olímpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas a todas las niñas casaderas que por allí andaban esparcidas: después, con arranque sereno como el vuelo de un águila, alzóla al palco número once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ¿Con quién hablaba Clementina tan íntimamente? No conocía a aquel joven. Le dirigió sus diminutos gemelos. Nada, no le había visto en su vida. Clementina, que advirtió la sorpresa de su amante, después de responder al saludo redobló su amabilidad con Raimundo, volviéndose enteramente hacia él, acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerías destinadas a llamar la atención del noble salvaje y a preocuparle. Sentía un goce maligno en ello. Castro había llegado a serle indiferente. Dirigió éste por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta provocativo. Nuestro joven le pagó con algunas inocentes miradas de curiosidad, porque no tenía el honor de conocer al terror de los maridos.