—Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted—, respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.

—Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engaña. Lo sé hace tiempo, monsieur; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme.

M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos.

—La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que Polión ha salido malo?

—Medianejo.

—¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo.

Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:

—No quiero molestarle más…. Venía a cobrar la cuentesita última.

La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado:

—¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a uno el dinero!