Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo:
—Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas.
El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con una goma.
—Faltan quinientas pesetas, señor duque—, repitió Fayolle.
—¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser…. A ver; cuente usted otra vez.
El comerciante contó.
—Hay aquí tres mil quinientas….
—¡Ya lo ve usted! No me había equivocado.
—Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado.
La cara del duque expresó admirablemente el asombro.