—No es patraña: yo mismo he visto su firma de usted—dijo uno de ellos, el marqués de Arbiol.

—¿Mi firma? No puede ser.

—Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma: "Antonio Salabert, duque de Requena"—replicó Arbiol con firmeza y muy serio.

—¡No puede ser! ¡no puede ser!—repitió el duque poniéndose a dar vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitación—. Me habrán suplantado la firma.

El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente.

—Traía el sello de su casa.

—¿Traía el sello?—replicó parándose de pronto—. Entonces me la han suplantado dentro de mi misma casa. ¡Sí, sí!… Aquí me la han suplantado…. No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito tener cien ojos….

Y cada vez más enfurecido fué a apretar el botón del timbre.

—¡Ahora verán! Ahora verán ustedes si me la han robado o no…. A ver (dirigiéndose al dependiente que entró), que se presenten inmediatamente Llera y todos los empleados de la oficina…. ¡Al instante!

Arbiol dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con desprecio. Pero el duque, que vió perfectamente el ademán, no quiso hacerse cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando escapar interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta que se presentó Llera y con él un grupo de sujetos encogidos, mal trajeados, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante de ellos cruzando los brazos con energía: