—Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quién ha sido el tuno que ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la licitación del ferrocarril de S*** a V***. ¿Tú sabes algo de este asunto?

Llera, después de haberle mirado fijamente a la cara, bajó la cabeza sin contestar.

—¿Y vosotros sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo?

Los empleados le miraron también con fijeza. Luego miraron a Llera y también bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.

Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por ellos con expresión teatral de cólera, y exclamó al fin dirigiéndose a los banqueros:

—¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre éstos se esconde el culpable ¡o los culpables! porque sospecho que ha de ser más de uno. Pierdan ustedes cuidado, que yo daré con ellos y haré un escarmiento…. ¡Sí, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a presidio…. Retiraos vosotros (dirigiéndose a los empleados), y ya podéis temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre vosotros el peso de la justicia.

Los criminales debían de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras pronunciadas con acento patético. Cada cual se retiró sosegadamente a su departamento y reanudó su tarea, como si la terrible espada de Némesis no estuviese aparejada a segarles el cuello.

Los banqueros se miraron entre risueños y coléricos. Al fin uno de ellos, mordiéndose los labios para no soltar la carcajada, le tendió la mano con ademán desdeñoso:

—Adiós, Salabert; hasta la vista.

Los demás hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque no se desconcertó. Fué a despedirlos solícito hasta la escalera, dirigiendo todavía al pasar miradas iracundas a sus empleados que las recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya no les hizo caso alguno. Pasó por entre ellos como un actor que atraviesa los bastidores después de haber estado un rato en escena.