—Aunque no la he llevado en mis entrañas, yo quiero a Clementina como si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una injusticia privar a una hija de su parte de herencia.
—¡Pero mujer!—exclamó con viveza el duque:—yo ¿para quién quiero lo que tengo sino para mi hija? Déjame por heredero, que yo te prometo transmitírselo íntegro y aun con aumento….
D.ª Carmen guardó silencio limitándose a hacer un signo negativo con la cabeza. El duque se levantó como si fuese presa de una violenta emoción.
—Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas algunos leves extravíos hijos del capricho y la tontería. Aprovechas la ocasión que se te presenta para vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero sabe que yo no he querido de veras a ninguna mujer más que a ti. En el corazón no se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, mi corazón diría: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa…." Es triste, muy triste llevar al fin de la vida este terrible desengaño…. Si mañana te murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos disgustos, cuántas penas me esperan además de la pérdida de una esposa adorada! Acaso este pobre anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha fabricado con ilusión para morir en ella en brazos de su esposa.
La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de lágrimas. Todavía siguió en este tono patético un rato. Al fin cayó como desfallecido en la butaca, llevándose el pañuelo a los ojos.
Pero D.ª Carmen, aunque caritativa y sensible, no dió señales de hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:
—Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni sería fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que sólo es mía por el cariño que la tengo.
El duque cambió de táctica. Miró un rato a su esposa con ojos compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:
—Tú quieres mucho a Clementina, ¿verdad?… Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un alegrón es reventar cuanto más antes. El pobre Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico por qué sus acreedores no acaban de tragárselo. Sin duda tú le has hablado a su mujer algo de testamento, y como estás un poquillo delicada aguardan tu muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.
D.ª Carmen se puso mucho más pálida de lo que estaba al oir estas sangrientas palabras. Necesitó agarrarse a los brazos del sillón para no desfallecer. Lo que decía su marido era horrible, pero muy verosímil. El, que advirtió su emoción, se apresuró a ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo la situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que no podía ser más que la muerte de ella.