D.ª Carmen bajó la vista al libro que traía en la mano y guardó silencio un rato. El duque, inquieto, la observaba con atención por debajo de sus párpados medio caídos, mordiendo con impaciencia el cigarro.

—No puede ser—dijo al cabo gravemente la señora.

—¿Que no puede ser? ¿Y por qué?—replicó con viveza incorporándose un poco en la butaca.

—Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho, a tu hija. Así se lo he prometido ya.

No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo. Juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedó tan sorprendido como turbado. Pero recobrándose instantáneamente, adoptó un continente grave y digno para decir:

—Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres dueña de dejar tus bienes a quien te parezca, por más que estos bienes hayan sido ganados por mí a costa de muchos trabajos. En los años que llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamás han producido ninguna reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El dinero, comparado con los afectos del corazón, no tiene ningún valor. Lo único que siento es que otra persona, por más que sea una hija queridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cariño, me haya desterrado de tu corazón….

Al pronunciar estas últimas palabras su voz se alteró un poco.

—No, Antonio, no—se apresuró a decir D.ª Carmen—; ni tu hija ni nadie puede arrancarte el cariño que te pertenece…. Pero considera que tú eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.

—No; no trates de desfigurarlo…. El golpe está dado: lo siento en el fondo del corazón—replicó Salabert en tono patético llevándose la mano al lado izquierdo—. Treinta y cinco años de vida matrimonial, treinta y cinco años compartiendo pesares y alegrías, temores y esperanzas, no han bastado a conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo que se diga es inútil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un acto que la resumiese, instituyéndonos herederos de lo que juntos hemos ganado…. El cariño de los esposos nunca se demuestra mejor que en la última voluntad….

El discurso de Salabert adquiría un tono de elevación moral que pareció preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replicó al fin con dulzura y firmeza a la vez: