—Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte más de Dios y trabajar en su santo servicio, me alegraría de que los tuvieses.

—¿Te parece que no trabajo bastante por él, y me lleva todos los años más de cinco mil duros en misas y novenas?

—¡Vamos, Antonio, no hables así!

—Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero es también prudente pensar en lo de acá…. Mira, precisamente estos días estaba yo imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le quedarían bastantes enredos….

—¿Por qué?

—Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos muriésemos sin testamento, nuestros parientes vendrían a molestar al que quedase.

—Eso tiene fácil remedio. Con hacerlo se arregla.

—Precisamente es lo que yo pensaba—dijo el duque resollando mucho para mostrar indiferencia y aplomo, que no sentía—. Había imaginado que en vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos un testamento mutuo.

—¿Qué es eso?

—Un testamento en el cual nos instituímos mutuamente por herederos.