"¡Malo! ¡malo!" dijo para sí el banquero. Sin embargo, las caricias de su querida le hacían feliz.

—Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que decirles por lo bajo a todas las sin vergüenzas que pasean por el Retiro: "¡Andad, andad, hambronas, que si a mí se me antoja os puedo enterrar en billetes de Banco!…" ¿Verdá tú, salao?

"¡Malísimo!" volvió a decir el duque en su interior; y en voz alta:

—Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.

Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:

—¿Cuántos necesitas?

—¡Ninguno, canalla!—exclamó ella soltando a reir—. Pensabas que me estaba preparando para darte un sablazo, ¿eh?

—¡Claro! No te veo cariñosa sino cuando necesitas dinero.

—¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaría que es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre, hijo, no siempre!… Además, no me sienta mal este geniecillo agrio, ¿verdá tú?

La hermosa odalisca se había sentado sobre las rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero recién rasurados. Vestía una bata de color azul oscuro con adornos más claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada día más fina, más tersa, más nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella tez lucían sus grandes ojos negros sombríos, salvajes, con un fuego misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros, caían ondeados sobre la frente ocultándola a medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, pedía a gritos el homenaje de los labios. El duque estaba contentísimo desde que había conjurado el peligro: se derretía en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.