—Espera un poquito. Hoy quiero que tomes café conmigo.

—Ya lo he tomado, hija.

—No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos días que no lo tomamos juntos. ¡Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!

Al mismo tiempo se levantó y comenzó a maniobrar con los enseres de hacer café, que estaban dispuestos sobre la mesa.

—Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a echar en él unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte blandito, ¿sabes?… Porque tengo que pedirte una cosa.

Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuró a disimularla riendo.

—¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita?

—En tomando el café lo sabrás.

No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una mesilla japonesa a la butaca donde estaba el duque. Para sí trajo una sillita dorada. Y charlaron con animación o, por mejor decir, charló ella mientras él la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrás, acercando de vez en cuando con su mano trémula de hombre gastado la taza a los labios.

—Oye, Tono—dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisión los codos sobre la mesa y mirándole fijamente:—¿qué te parece de ir yo a tu baile?