Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante atrocidad. El no hizo más que abrir los ojos repentinamente, para dejar caer los párpados otra vez quedando en la misma actitud soñolienta.

—No me parece mal.

—¿De modo que puedo ir?

—¡Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrás será entrar.

—¿Pues?—exclamó ya encrespada la bella.

—Porque no te recibirían.

Amparo se levantó furiosa.

—¿Y por qué no me recibirían, dí, por qué?—profirió sacudiéndole un brazo y acercando su cara a la de él.

—¡Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una mujer más bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las miradas se irían tras de ti: serías la verdadera reina del baile…. Ya comprendes que eso no le haría maldita la gracia.

Amparo miró al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con ella". La fisonomía de aquél permanecía inalterable.