Pepe Castro, cuando vió acercarse a Cobo y Ramoncito, se había retirado discretamente. En el camino tropezó con Clementina, que parecía multiplicarse. Acudía a todos los sitios donde hacía falta, volviendo a cada instante junto a los soberanos, que se habían retirado con la duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde nadie osó entrar.

—Ya te he visto bailando con mi sobrinita—le dijo—. ¿Por qué no le haces el amor?

—¿Para qué?

—Para casarte.

—¡Horror! Pero chica, ¿qué te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?

—Vamos, ven aquí. Has de ser formal—dijo ella poniéndose grave, adoptando un aire maternal—. Esperanza no es hermosa, pero tampoco desagradable. Tiene la frescura de la juventud y está enamorada de ti … me consta….

—Sí; lo mismo que tú—manifestó el gallardo salvaje, sonriendo con un poco de amargura.

Ella lo advirtió y quiso dejarle satisfecho.

—Lo mismo que yo … si te hubiese conocido a los diez y seis años. Te digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas cosas. Cásate, no seas tonto…. Calderón es muy rico….

Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se había alejado con pie rápido. Quedó unos instantes inmóvil y pensativo. Luego, a paso lento, balanceándose, comenzó a dar la vuelta a los salones, deteniéndose ante las mujeres hermosas, examinándolas con mirada impertinente, como un bajá en el mercado de esclavas.