Lola Madariaga se había apoderado de Raimundo. Le tenía a su lado allá en un ángulo de la gran sala de conversación, y desplegaba uno tras otro, con arte infinito, todos los recursos de su coquetería para conquistarle. Esta era la manía de la graciosa morena. No podía cualquiera de sus amigas tener un galán sin que al momento no se le antojase arrancárselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad que siempre había sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las demás. Tenía unos ojos de mirar suave, inocente, que engañaban. Nadie creyera que detrás de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme y tan astuta. Alcázar la encontraba linda y su conversación placentera; pero influía mucho en esta simpatía la consideración de ser amiga íntima de Clementina y la de versar la plática casi siempre acerca de ésta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que había llevado al baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le habían ocurrido en la cacería de Cotorraso; las escenas que había tenido con su marido, etc. La linda morena seguía el plan de atraer primero su atención, captarse su simpatía a fin de ponerle blando.
Clementina llegó a la sala cuando más enfrascados estaban en la charla. Quedóse un instante a la puerta mirándoles sorprendida e irritada. Hacía tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le interesaba, cuando su amiguita trató de birlárselo, se produjo cierto enfriamiento en sus relaciones. Luego observó que Lola miraba a Raimundo con buenos ojos y bromeaba con él en cuanto se le presentaba ocasión. Esto despertó en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.
Les clavó una mirada intensa y colérica: avanzó hasta el medio de la estancia y dijo con voz un poco alterada:
—Alcázar, le necesitamos para bailar. ¿Está usted muy cansado?
—¡Oh, no!—se apresuró a decir el joven levantándose—. ¿Con quién quiere usted que baile?
No respondió. Lola le había enviado una sonrisita sarcástica que acabó de exasperarla. Se dirigió a la puerta.
—Siento mucho haberle molestado a usted—le dijo fríamente cuando estuvieron lejos.
Raimundo la miró sorprendido. Cuando nadie los oía acostumbraba a tutearle.
—¿Molestia? Ninguna.
—Sí; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa señora….