—¿Y usted cree que está enamorada realmente de ese niño que parece una colegiala del Sagrado Corazón?

—¡Vaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta última aventura la acredita de ello…. Mire usted qué miraditas tiernas le está echando el bebé desde lejos.

Raimundo, en pie, allá en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo a su amada, que iba y venía de un sitio a otro previniendo los deseos de aquellos invitados a quienes más deseaba complacer. De vez en cuando le enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al joven al séptimo cielo.

Pepa Frías, si no comía porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y confites, teniendo detrás de su silla a Calderón, Pinedo, Fuentes y otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la lengua. No se la mordía, en verdad, la fresca viuda. Se defendía admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con maestría.

—¿Dónde dice usted que tiene gota, Pepa?

—En los pies, Pinedo, en los pies … donde tiene usted el talento.

—Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota … ¡por tener siquiera una gota de usted!

—¡Pocas gracias! Sería una gota de esencia aromática—dijo un consejero de Estado harto dulzón.

—¿Y usted qué sabe, hombre, si no ha metido la nariz más que en el coro de ambos sexos?

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusión.