—¡Pero qué cruel es usted, Pepa!—exclamó Fuentes riendo todavía—. Los que aquí estamos no sabemos nada … (digo, señores, yo hablo por mí), del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitará el derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.

—¿Tierna?… Está usted en un error lamentable.

—Yo lo digo por lo que veo …—dijo acercando el rostro al exuberante seno de la viuda …—Y a propósito: ¿qué lleva usted en ese alfiler? ¿es un retrato de familia?

El alfiler representaba un mono.

—No. Fuentes—replicó furiosa—, es un espejo.

De todo el grupo salió una carcajada espontánea que hizo volver la cabeza a los que estaban cerca.

Fuentes quedó acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era supo reponerse.

—Yo seré mono, Pepa, pero usted es monísima.

—¡Bravo, Fuentes, bravo!—exclamó Calderón, a quien, como hombre exclusivamente de debe y haber, causaba asombro cualquier frase oportuna.

El tiroteo siguió aun después de haber salido la mayor parte de la gente a los salones. El grupo se había reforzado con algunos pollastres. Esta fué la razón de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo: