—¿Qué dirían en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?
Pepe Castro sintió cierto hormigueo en la espalda, que no era producido solamente por el agua, y rió de un modo extraño.
—Y que, hoy por hoy, lo podría hacer impunemente—siguió muy risueño el marqués—. Porque como todos dicen que estoy loco….
—¡Je, je!
El tenorio volvió a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario, tenía fama de quisquilloso y espadachín: pero, como casi todos los valientes, necesitaba público. La perspectiva de una muerte oscura a manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Séneca, Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el baño, no lograron darla ninguna amenidad, quizá porque no tuviese noticia de ellos. El marqués avanzó con el revólver amartillado, diciéndole:
—¿Qué dirían en Madrid? ¿eh? ¿qué dirían?
Castro se sitió penetrado de frío como si estuviese metido entre hielo y no en agua tibia. Pero tuvo aún serenidad para gritarle:
—¡Deja ese revólver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida a Amparo.
—¿Por qué?—preguntó aquél bajando el arma con el desconsuelo pintado en los ojos.
—Porque yo no quiero; porque la aconsejaré que no te deje entrar más en su casa….