—Bueno, hombre, no te incomodes…. Ha sido una broma—replicó apresurándose a colocar el revólver en su sitio.
Castro salió al instante del baño. Lo primero que hizo, cuando estuvo envuelto en el capuchón turco con que se secaba, fué coger el revólver y guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su majadero amigo le había dado, comenzó a hablarle en tono malhumorado y despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura, con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.
—Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto…. Será una gansada de las que tú acostumbras…. Desengáñate, Manolo, que tú ya no estás para salir a la calle. Debes ponerte en cura—decía mientras se frotaba los brazos con una pomada olorosa que había tomado de la batería de tarros y frascos de todos tamaños que tenía delante.
El marqués echó mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:
—Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.
Pepe no volvió siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le exhibía. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de barba, repuso en tono distraído:
—¿Y qué dice la Amparo?
El marqués le miró sorprendido de la poca importancia que daba a aquella preciosa misiva.
—¿Quieres que te la lea?
—Si no es muy larga….