Manolo la desdobló con el mismo cuidado y respeto que si fuese un autógrafo de Santa Teresa de Jesús y leyó con voz conmovida:
"Mi queridísimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de traérmelas esta tarde a casa. Tuya de corazón siempre:
"AMPARO."
—¡Sopla! ¡Qué voracidad la de esa chica! ¿No tiene bastante con el bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habrás mandado.
—No.
—Has hecho bien.
—Es que no las tenía. Precisamente para ver si tú puedes facilitármelas es para lo que he venido.
Castro se volvió hacia él y le contempló unos momentos entre irritado y sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma despreciativa:
—Querido Manolo; eres un melón de gran tamaño. Estoy seguro de que si heredases ahora a tu tía, entregarías la herencia a la Amparito para que la engullese como ha hecho con la de tus papás.
Manolo se enfureció al oir esto. Defendió con energía a su ex querida. No era ella, no, quien le había arruinado, sino los tunos de los mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de casa, un portento de arreglo doméstico: al mismo tiempo generosa, capaz de acomodarse a cualquier vida por el cariño, etc., etc.