El maníaco marqués se expresó con calor y elocuencia haciendo el panegírico de su adorada.

—¿Sabes dónde está el mal de todo?—dijo sordamente después de larga pausa—. En que mi familia me privó, sin razón, de casarme con ella. ¡Qué obstinación tan estúpida! Se empeñaban en que yo estaba perdidamente enamorado de esa mujer. ¡Qué había de estar enamorado!… Lo que yo quería era dar una madre a mis hijos, ¿sabes? Nada más que eso. Ellos hubieran sido felices y yo también.

Pepe Castro se volvió estupefacto. Por las pálidas mejillas del marqués rodaban algunas lágrimas de enternecimiento. Hizo un mohín de lástima y siguió arreglándose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio, dijo:

—Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las tuviera puedes estar seguro de que me guardaría de dártelas si las ibas a emplear como dices.

El marqués permaneció silencioso y comenzó a pasear de través por el espacioso dormitorio.

—¿A quién me aconsejas que se las pida?—dijo parándose de pronto.

—A Salabert—respondió Castro sonriendo burlonamente al espejo.

Manolito se encrespó terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon siniestramente; se dirigió frenético, agitando los puños, hacia Pepe, que se volvió hacia él y dió un paso atrás preparándose a rechazarle.

—¡Eso que me has dicho es una porquería! ¡Es una infamia que merece una estocada o un tiro! Es una cobardía porque estás en tu casa….

Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto verle; pero no llegó a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo por contenerse, desahogó su furor arrojando contra el suelo el sombrero, de tal modo que lo destrozó. Castro quedó aturdido, hecho una estatua. Mil veces había bromeado con él diciéndolo cosas mucho más fuertes, verdaderas insolencias sin que jamás se le hubiese ocurrido enfadarse. Y ahora, por una chanza sencillísima, montaba en cólera de aquel modo extraño. Procuró calmarle con algunas palabras de disculpa: pero Manolito no le escuchaba. Aunque desistió de la primera idea de arrojarse sobre él, comenzó a pasear como una fiera enjaulada, murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No tardó en enternecerse, sin embargo.