—Siéntate un instante. Estoy terminando una carta.
Acomodóse en un sillón, y mientras la tía Eugenia hacía crujir la pluma con su mano seca y nerviosa, empezó a coordinar el exordio del discurso que pensaba dirigirla. Aquélla dió a los pocos minutos un gran plumazo estridente que debió corresponder a su rúbrica, y arrancándose vivamente las gafas, dijo:
—Ya soy tuya, Pepe.
Este bajó los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiración, se atusó el bigote, tosió ligeramente y al fin dijo con acento solemne:
—Tía, no sé si es que Dios me ha tocado en el corazón o es que me voy cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces, que ando con deseos de formalizar, de romper con estos hábitos poco dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con él, y también con mi cualidad de cristiano…. Porque en medio de mis excesos yo no me he olvidado jamás de que pertenezco a una familia católica y que hoy en España nuestra clase es la encargada de velar por la religión, dando buen ejemplo como usted hace…. El medio mejor para favorecer este cambio que siento en mi corazón es casarme….
No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a la tía Eugenia. Tan buena impresión le hicieron, que levantándose del sillón vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:
—¡Cuánto me alegro, Pepito! ¡No sabes el placer que me has dado! ¡Y dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazón! ¿Cómo había de realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios ha sido, hijo mío, Dios ha sido, y un poco también la buena sangre que tienes en las venas…. ¿Tienes escogida ya esposa?
El joven sonrió haciendo un signo afirmativo.
—¿Quién es?
—He pensado en Esperancita Calderón. ¿Qué le parece?