—No le he dicho nada aún…. Sé que no le soy antipático. Nos miramos con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedírselas he querido consultar con usted, la persona más caracterizada que hoy tengo dentro de la familia en Madrid.

—Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que guardar circunspección y formalidad. En otros tiempos mejores que éstos, no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinión de los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de mí, y desde luego puedes contar con mi aprobación.

—¿Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas dificultades por parte de su padre…. Es un hombre metalizado…. Francamente, no quisiera sufrir un desaire….

La marquesa quedó pensativa algunos instantes.

—Déjalo de mi cuenta. Haré lo posible por arreglarlo…. Pero es necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio diplomático que hay que llevar con prudencia y habilidad.

—Prometido, tía.

—Sobre todo, con la niña mucho cuidado…. No me la alarmes.

—Haré lo que usted me mande.

Pocos momentos después salían ambos del despacho y entraron en el salón, donde ya había algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la marquesa de Alcudia recibía a sus amigos en las tardes de los viernes, dedicándose con ellos a la oración y a las prácticas religiosas. Estaban allí ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media pierna, el general Patiño, Lola Madariaga y su marido, Clementina Salabert con su dama de compañía Pascuala y otras varias personas, entre ellas el padre Ortega. Como en realidad a él le correspondían los honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban formando grupo en medio del salón. Pero todos hablaban en voz más alta que él. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada, como si jamás saliese de la sala de un enfermo. Cuando él hablaba, sin embargo, establecíase el silencio en el grupo, se le escuchaba con placer y veneración. La marquesa, al acercarse, le besó la mano rendidamente y le preguntó con interés por el catarro que hacía días padecía.

—¿Pero está usted acatarrado, padre?—preguntaron a la vez muchas señoras.