Cuando más embebido estaba, dando cuenta de la habilísima intriga que habían urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo ¡su eterno estripacuentos! acercóse al grupo, y después de escuchar un momento, le atajó diciendo:

—Vaya, Ramón, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no representas nada. González te lleva por las narices adonde le da la gana.

Fué aquél un golpe rudo para Maldonado. Considérese que estaba delante de Esperancita y de otra porción de señoras y señoritas. Tan rudo fué que le aturdió como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se puso lívido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra. Por fin, dijo con voz alterada:

—¿A mí González?… ¿Por las narices? ¡Estás loco!… A mí no me lleva nadie por las narices … y mucho menos González.

Pronunció las últimas palabras con afectado desprecio. Negó a González por la misma razón que San Pedro negó a su Maestro, por el pícaro orgullo. La conciencia le decía que faltaba a la verdad, aunque no cantase el gallo. González era el leader de la minoría municipal, y Ramoncito le tenía en el fondo del alma una gran veneración.

—¡Anda, anda! ¡si querrás negarme que González te maneja como un maniquí! ¡Estaríais buenos los disidentes si no fuese por él!

Ramoncito recobró súbito el uso de la palabra, y tan plenamente que pronunció más de mil en pocos minutos, con ímpetu feroz, soltando espumarajos de cólera. Rechazó como debía aquella absurda especie del maniquí y explicó cumplidamente la significación que González tenía dentro del municipio y la posición que él mismo ocupaba. Pero lo hizo con tal exaltación y ademanes tan descompuestos que las damas le contemplaban sorprendidas y risueñas.

—¡Pero este Ramoncito qué genio tiene!… ¡Quién lo diría!… Vamos,
Cobo, no le maree usted más, que puede ponerse malo.

La compasión de las señoras le llegó al alma al enfurecido concejal. Callóse de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se encerró lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.

En una estación secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo tenían todo preparado a este fin. Ramoncito se convirtió en caballero servant de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante benévolo, lo cual le tenía medio loco de alegría. La razón de esta condescendencia era que Pepe Castro no había venido por mandato expreso de su tía la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales, llevadas con gran sigilo, exigían cada vez más prudencia. Como Maldonado era tan íntimo amigo del dueño de su corazón, Esperancita sentía cierto deleite teniéndole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo. ¡Pobre Ramón! ¡Cuán ajeno estaba de estas complicadas psicologías!