Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al través de llanuras interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar hacia el paisaje los magníficos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa están situadas en el centro de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra. Rodéanlas por todas partes terrenos ásperos, lomas y colinas de escasa elevación, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una villa edificada desde la más remota antigüedad. Nuestros viajeros no llegaron a ella. Detuviéronse dos kilómetros más atrás, en un burgo denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados habían situado su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas que envenenan lentamente, no sólo a los mineros, sino a los vecinos de Riosa. Se hallaba separado de ésta por una colina y ofrece, con la villa de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo fecunda y lo convierte en ameno jardín, donde crecen en abundancia los lirios silvestres, el jazmín y el heliotropo y sobre todo las rosas de Alejandría, que han tomado allí carta de naturaleza como en ninguna otra región de España. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y más florido de estos terrenos pertenecía a la Compañía. Separada de la aldea como unos trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia fábrica de piedra. Es la habitación del director y el centro administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado, hay unos cuantos pabelloncitos con su jardín enverjado. Moran allí algunos empleados de la administración y algunos facultativos, aunque los más de éstos tienen su domicilio en Riosa.
Villalegre no tiene estación. El tren se detuvo cerca de la carretera que va a la capital de la provincia. Allí les esperaban algunos coches que los condujeron en diez minutos al palacio de la Dirección. A la puerta del parque y en las inmediaciones había una muchedumbre que saludó a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no estaban de tarea, a quienes el director había hecho venir desde Riosa con tal objeto. Todos ellos tenían la tez pálida, terrosa, los ojos mortecinos: en sus movimientos podía observarse, aun sin aproximarse mucho, cierta indecisión que de cerca se convertía en temblor. La brillante comitiva llegó a tocar aquella legión de fantasmas (porque tales parecían a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de ser verídicos, diremos que de aquel choque no brotó una chispa de simpatía. Detrás de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un hombre observador podía leer bien claro la hostilidad. El cortejo de Salabert atravesó en silencio por medio de ellos, con visible malestar, los rostros serios, y con cierta expresión de temor. Las damas se apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque murmuraron algunas: "¡Dios mío, qué caras!" Ellos respiraron con satisfacción al verse libres de aquellas miradas profundas y misteriosas. Sólo Rafael Alcántara se atrevió a responder con una chanzoneta:
—Verdad. El pueblo soberano no anda por aquí muy bien de fisonomía.
El director presentó a Salabert los empleados. Los facultativos eran casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecían de particular. Menos aún los administrativos. El único que llamaba un poco la atención entre ellos era un joven delgado y pálido, con fino bigote negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decisión en los convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por qué, los que cambiaban con él una mirada se sentían molestos y separaban prontamente la vista. El director lo presentó como el médico de las minas.
Los invitados tenían sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de la dirección (los de más cuenta, por lo que pudo verse), otros en los pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se trasladaron al gran salón del director, y desde allí, en procesión solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala de oficinas que se había habilitado para comedor. Fué una comida espléndida la que el duque les ofreció. No se echó menos ninguno de los refinamientos de los comedores aristocráticos, ni en el lujo de la vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la corrección del servicio. Mientras comían, el vasto parque se iluminó a la veneciana. Al levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el golpe de vista, que era magnífico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en uno de los grandes cenadores, tocaba con brío aires nacionales. Lo mismo damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atraídos también por la belleza del espectáculo, salieron de casa y se diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta, y se pusieron a bailar. Cobo Ramírez, acercándose al grupo, les gritó:
—¿Sabéis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de Migascalientes.
Este parecido debió de llegarles a lo más vivo del alma. El baile perdió su encanto para aquellos jóvenes ilustres, y no tardó en extinguirse. Pero como la inspiración de Terpsícore ardía en sus corazones, tomaron el acuerdo de trasladarse al salón y allí continuaron rindiéndole culto, libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les había echado.
La fiesta nocturna no dejó de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de artificio traídos de Madrid. Las damas y los caballeros discurrían por los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche, embalsamado por los aromas de las flores. Sólo había un punto negro en aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la muchedumbre de obreros, mujeres y niños que habían acudido de Riosa al ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros pálidos, los ojos tristes, sonreír, que les habían saeteado al entrar. Así que, procuraban no llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del centro. Sólo Lola Madariaga, que se enorgullecía de ser muy caritativa y era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de beneficencia, respectivamente, fué la única que se aventuró a hablar con ellos y aun esparció algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a retirarse. El conde de Cotorraso montó en cólera al saberlo:
—¡Y piden libertades y derechos para estos beduínos! Que los hagan honrados, agradecidos, decentes … y luego hablaremos.
Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado más arriba, Raimundo se encontró paseando con un personaje que se despegaba un poco del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta años, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y distraídos, resguardados por gafas. Llamábase D. Juan Peñalver. Era catedrático de Filosofía en la Universidad y había sido ministro. Gozaba fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos habían alcanzado en España. Por esta razón los jóvenes salvajes le miraban con hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdeñosa. Es evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la Filosofía. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a Peñalver hería su orgullo. El no advertía este desdén. Tenía un carácter jovial, afectuoso, y sobre todo muy distraído. Era incapaz de fijarse en los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que se había retirado de la política para consagrarse exclusivamente a la ciencia. Había formado parte de aquella excursión por complacer a su cuñado Escosura, que poseía un número considerable de acciones en la mina. Ultimamente se había consagrado con ardor al estudio de las ciencias naturales, de donde partían los tiros más certeros contra la metafísica idealista a que él había consagrado su vida. Al tropezarse casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sintió un verdadero placer. Aquella sociedad le aburría espantosamente. Tomóle del brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar animadamente de Fisiología.