El desdichado niño, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios moviéndose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de rostro pálido: con el sueño estaba desencajado. Sus cabellos negros revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegría salvaje de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresión en Raimundo. Cogió al niño entre los brazos, lo sacudió un poco hasta que logró hacerle despertar, le besó en la frente con afecto, y sacando un duro del bolsillo se lo entregó, alejándose después con Clementina. Cesó la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:
—¡Anda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!
A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la mañana se reuniesen todos en el salón para ir desde allí a visitar los trabajos y la mina. Y se cumplió, no estrictamente, porque en España esto no puede suceder, pero sí con una hora de diferencia. A las diez salió la comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Apeáronse a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo, como es consiguiente, no poca turbación en ella. Las mujeres salían a las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no habían visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el color de aquellas mujeres era pálido, enfermizo, sus facciones menudas, su mirada lánguida, sus manos y sus pies pequeños. Al pasar vieron también algunos hombres atacados de fuerte temblor.
—¿Qué es eso? ¿Por qué tiemblan así esos hombres?—preguntó asustada
Esperancita.
—Son modorros—le respondió un empleado.
—¿Y qué son modorros?
—Los que enferman por trabajar en la mina.
—¿Y enferman muchos?
Todos—dijo el médico que había oído la pregunta—. El temblor mercurial ataca a cuantos bajan a la mina.
—¿Y por qué bajan?—preguntó cándidamente la niña.