—Por manía—repuso el médico sonriendo—. Yo creo que vale mucho más respirar el aire fresco, que no el de allá abajo.
—¡Claro! Yo sería cualquier cosa antes que minero.
Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual trabajaban algunos obreros levantando un artístico pedestal de mármol.
—Es el pedestal para la estatua del señor duque—dijo el director de las minas en voz alta.
—¡Ah! ¿Con qué van a colocar ahí su estatua, duque?—exclamaron unos cuantos rodeando al prócer.
Este se encogió de hombros haciendo un gesto de desprecio.
—No sé. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.
—¡Oh, no, señor duque!—exclamó el director, a quien realmente correspondía la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a su vez por el duque—. ¡Oh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias críticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este desacreditado establecimiento y salvándolo de la ruina.
—¡Qué hermoso es hacer bien!—exclamó Lola Madariaga con voz conmovida, posando en Salabert con admiración sus dulcísimos ojos.
Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos sabían a qué atenerse respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las obras y siguieron después su marcha hacia el establecimiento minero.