Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofrecía el aspecto de una pequeña fabricación con algunas chimeneas que despedían humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La comitiva entró y recorrió los cercos donde se ejecutan los trabajos auxiliares de la minería, donde se hallan además la mayor parte de las dependencias, carpintería, cerrajería, sala y gabinete de los ingenieros, etc. Lo que les llamó vivamente la atención fué el aspecto triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello de decrepitud, que obligó a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:
—Aquí, al parecer, no trabajan más que los viejos.
El director sonrió.
—Parecen viejos; pero no lo son, señora.
—¡Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y apagados!…
—No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta años. Los que trabajan aquí son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior, aunque con menos sueldo.
—¿Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse así?—preguntó Ramoncito.
—Poco, poco—murmuró el director; y añadió después:—Ahí donde ustedes les ven, todavía se me escapan al menor descuido a la mina…. ¡El jornal de fuera es tan pequeño!
—¿Cuánto ganan?
—Una peseta…. El máximum una cincuenta.