Penetraron en seguida en el cerco de destilación. El duque iba delante con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se encuentran los hornos y grandes depósitos de cinabrio. Visitaron los almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios temblaban más o menos y ofrecían las mismas señales de decrepitud.
El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perdía ocasión de exhibir sus sentimientos benéficos, rompió la marcha y la siguieron la mayor parte de las señoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque prescindió por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.
El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, muy próximo al cementerio, sin duda para que los enfermos se fuesen acostumbrando a la idea de la muerte y también para que si no fuesen poderosos a matarles los vapores mercuriales, les secundasen en la tarea las dulces emanaciones cadavéricas. Era un caserón viejo, agrietado, húmedo y sombrío. Las damas no retrocedieron, al poner las delicadas plantas en él, de vergüenza. El médico, que se había encargado de demostrarlo, las introdujo en las salas, y puso ante su vista el cuadro espantoso de la miseria humana. La mayor parte de los infelices enfermos estaban vestidos y sentados, unos sobre las camas, otros en sillas. Sus rostros cadavéricos, desencajados, daban miedo: su cuerpo se estremecía con incesante temblor, cual si estuviesen acometidos de terror pánico. En los semblantes de las damas, sonrosados y frescos, se dibujó el miedo y la angustia. El médico sonrió de aquel modo extraño que lo hacía, mirándolas con sus grandes ojos negros, insolentes.
—No es un cuadro muy agradable, ¿verdad?—les dijo.
—¡Pobrecillos!—exclamaron varias—. ¿Son todos mineros?
—Sí, señoras; la atmósfera viciada por vapores mercuriales, la insuficiencia del aire respirable engendra fatalmente, no sólo los temblores, el hidrargirismo crónico o agudo, que es lo que más les llamará a ustedes la atención, sino también los catarros pulmonares crónicos, la disentería, la tuberculosis, la estomatitis mercurial y otra porción de enfermedades que concluyen con la existencia del obrero o le dejan inútil para el trabajo a los pocos años de bajar a la mina.
—¡Pobrecillos! ¡pobrecillos!—repetían las damas pasando revista con sus ojos aterrados a aquellas fisonomías tristes y demacradas que se volvían hacia ellas sin expresión alguna, ni siquiera de curiosidad.
—¿Y no habría medio de remediar estos efectos tan desastrosos?—preguntó Clementina con arranque.
—De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviarlos bastante, sí—repuso el joven clavando en ella su mirada penetrante—. Si los mineros trabajasen tan sólo dos o tres días a la semana y esos pocas horas; si se les hiciese vivir alejados del establecimiento minero, en Villalegre por ejemplo; si se prohibiesen esos trabajos a los niños menores de diez y seis años; si se cambiasen la ropa inmediatamente que salen de la mina; y sobre todo si se alimentasen bien, pienso que los estragos del mercurio disminuirían notablemente. Hoy, para alimentarse malamente, necesitan bajar a la mina todos los días y permanecer allí un número considerable de horas. A los cuatro o seis años se inutilizan. Hay que sacarlos al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que ni patatas con agua y sal pueden comer: de modo que en vez de curar empeoran. El único medio para mejorar la condición del minero es disminuir las horas de trabajo y elevar el jornal…. Pero entonces—añadió bajando un poco la voz y sonriendo frente a Clementina—, la mina de Riosa no sería un negocio para su señor padre.
A Clementina le hirió aquella sonrisa como una bofetada.