—Ni para usted tampoco—repuso procurando sonreír—. ¿No es usted el médico de las minas?
—Sí, señora. Mi negocio consiste en dos mil quinientas pesetas al año y en una mijita de temblor que he logrado en los tres años que aquí llevo.
En efecto, las manos del joven tenían un ligero estremecimiento que se hacía visible cuando se atusaba su fino bigote negro. El grupo de convidados le contempló unos instantes con atención no exenta de hostilidad. Adivinaban en él un enemigo. La seguridad familiar que tenía para hablarles les molestaba. Pagóles él con otra mirada de impenetrable expresión y siguió diciendo sin embarazo alguno:
—En otro tiempo los jornales eran un poco mayores; la alimentación era, por lo tanto, más sana y más abundante. Pero desde que los azogues han comenzado a bajar … no sé por qué causa (aquí bajó la voz y tosió), el salario, como es natural, sufrió igualmente una baja considerable. Han llegado al mínimum. Con lo que hoy ganan los mineros no se mueren materialmente de hambre en un día o en un mes; pero al cabo de cuatro o cinco años, sí. La mayor parte de los que aquí sucumben son víctimas, en realidad, del hambre. Bien alimentados podrían resistir el hidrargirismo. Además, como los salarios son tan insuficientes, se ven precisados a dedicar a sus hijos, cuando apenas tienen ocho o diez años, a estos trabajos peligrosos (porque todos lo son cuando se anda sobre mercurio). Los niños, por su menor resistencia orgánica, son los que primero se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen salvar, a los veinte años son viejos….
Las damas y los pocos caballeros que con ellas habían venido, le escuchaban con atención y con pena. Jamás habían visto un cuadro tan espantoso. El trabajo, que es por sí un castigo, aquí se complicaba con el envenenamiento. Y con el corazón enternecido, llenas de buen deseo, proponían medios para aliviar a aquellos desgraciados. Unas pretendían que debía fundarse un buen hospital; otras hablaban de una tienda-asilo donde los obreros encontrasen los alimentos más baratos; otras aspiraban a que se prohibiese trabajar a los niños; otras a que los operarios trabajasen una horita al día nada más.
El médico sacudía la cabeza sonriendo.
—Está muy bien eso: yo lo creo así también…. Pero vuelvo a decirles a ustedes que entonces no sería un negocio.
Distribuyeron algunas monedas entre los enfermos, visitaron la capilla, donde dejaron también algún dinero para hacer un traje nuevo al niño Jesús. Al fin abandonaron aquel recinto lóbrego. Al respirar el aire fresco sintieron una alegría que no procuraron disimular. Hablando y riendo fueron a juntarse con el resto de la comitiva.
Los ingenieros explicaban a Salabert un nuevo método de destilación que podía introducirse, con el cual no sólo se elevaría enormemente la producción, sino que podría utilizarse el vacisco, o sea la parte menuda del mineral. Se trataba de unos condensadores formados de cámaras de ladrillos, de paredes delgadas en el primer trozo de recorrido de los humos y de cámaras de madera y cristal en lo restante hasta la chimenea. El horno con ellos podía estar encendido y en marcha constantemente. Escuchábales el duque con atención, tomaba notas, hacía objeciones, procurando ponerse al corriente de aquel negocio, en el cual su fina nariz olfateaba cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser galante; suspendió la plática.
—¿Cómo van mis enfermos, señoras? No han tenido hoy poca suerte—les dijo.