—Mal, duque, mal…. El hospital deja mucho que desear….

Y aquellas damas se pusieron todas a lamentarse de las deficiencias que ofrecía el asilo, a pintarlo con negros colores, a proponer reformas en él para dejarlo confortable.

El duque las escuchaba con risueña indiferencia, con la atención un poco burlona que se presta a un niño mimoso.

—Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes déjenme ustedes poner el negocio en marcha, ¿verdad Regnault?

El ingeniero asintió con la cabeza, sonriendo también con galantería.

—Además es necesario, duque, que los operarios trabajen menos horas—dijo la condesa de la Cebal.

—Y que se les aumenten los jornales—manifestó Lola Madariaga.

—Y que se hagan casas para ellos en Villalegre—añadió la marquesa de
Fonfría.

—¡Oh! ¡oh! ¡oh!—exclamó el duque soltando una sonora y bárbara carcajada como las de los héroes de la Iliada—. ¿Y por qué no les hemos de traer a Gayarre y a la Tosti para recrearles por las noches? Deben ser muy aburridas aquí las noches.

Las damas sonrieron avergonzadas.