—Vamos, duque, no bromee usted, que la cosa es seria—dijo la condesa de la Cebal.
—¡Y tan seria, condesa! ¡Como que me ha costado ya quince millones de pesetas! ¿Le parecen a usted poco serios estos millones?
Las señoras le contemplaron con admiración, fascinadas por el caudal enorme que aquel hombre manejaba.
—¿Pero a esos millones no piensa usted sacarles un rédito?—dijo Lola que presumía de entender algo de negocios.
El duque volvió a soltar otra carcajada.
—No, señora, no, ¡qué rédito! Pienso dejarlos aquí para el primero que pase.
Y poniéndose grave de pronto:
—¿Quién diablos les ha metido por la cabeza esas ideas? Crean ustedes, señoras, que lo que hace aquí falta ¡pero mucha falta! es moralidad. Moralicen ustedes al obrero y todos estos estragos que ustedes han visto desaparecerán. Que no beban, que no jueguen, que no malgasten el jornal, y esos efectos del mercurio no serán para ellos funestos…. Pero, claro está—añadió volviéndose hacia los caballeros que se habían acercado—: ¿cómo ha de resistir en la mina un cuerpo que en vez de alimento, sea el que sea, tiene dentro un jarro de aguardiente amílico? Estoy convencido de que la mayor parte de las enfermedades que aquí hay son borracheras crónicas. Sepan ustedes, señores, que en Riosa se desconoce por completo el ahorro … ¡el ahorro! sin el cual "no es posible el bienestar ni la prosperidad de un país…."
Esta frase la había oído el duque muchas veces en el Senado. La repitió con énfasis y convencimiento.
—Pero duque, ¿cómo quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de jornal?—se atrevió a apuntar la condesa de la Cebal.